jueves, 22 de marzo de 2012


Quien no soñó, jamás, poder viajar en el tiempo?

Quien no soñó, jamás, estar en un solo lugar y en todos a la vez?

Quien no soñó, jamás, soñar despierto y asombrarse hasta caer dormido?

En una esquinita de nuestra querida ciudad, casi escondida, casi a la vista de todos, se encuentra este lugar fuera de tiempo, este vórtice donde ayer, hoy y mañana se trenzan en una espiral de todos esos recuerdos, objetos y colores que nos acompañaron y acompañaran en nuestro camino.

Una Linterna mágica que ilumina con todas las luces, de todos los tiempos, de todos los sitios, de todas las épocas. Un lugar donde conviven, en pintoresca armonía, mesas plagadas de publicidades de antaño, artefactos majestuosos de décadas atrás colgando de las paredes o desparramados por el mobiliario, también digno de mención, debido a su variedad, estilo y particular disposición por todo el lugar, un banderín del taladro de aquellos tiempos de gloria, que aún conserva su orgullo a pesar de los años, un carro de bebe de tiempos imperecederos extrañamente depositado sobre una viga, una réplica a escala de una fragata con sus velas a izadas, lista para navegar los 7 mares de colores que conviven en este lugar.

Un lugar sin igual, donde se cruzan charlas literarias, los interminables deberes escolares para el lunes con la ayuda de papá, partidos de la segunda categoría que son pura pasión, comensales eternos que ya son parte de la familia, parte del decorado, todo esto, y mas, coronado con un placido colchón de chacareras y zambas, que amenizan la estancia y ayudan a la sensación de confort.

Comidas caseras, porciones generosas, sabores de antaño, es como si detrás de esa pequeña cocina se escondiera la abuela de uno, cocinando con empeño y amor, llenando los platos hasta desbordar, para que crezcamos sanos y fuertes. Variedades de platos a la carta de todos los tiempos, dignos de esta gran máquina viajera, y como broche final acompañando a la sobremesa; un regalo de la casa para acompañar el café, que nos hace despegar en el tiempo por si por alguna extraña razón no despegamos al dar el primer paso, un famoso caramelo cuyos adoradores y detractores se trenzan en una batalla de dimensiones épicas a la hora de hablar de él, si es el caramelo del relojito.

Sin lugar a duda un lugar que no hay que dejar de visitar, sea ayer, hoy o mañana, un lugar donde el tiempo no corre, donde el todo y la nada están sentados al fondo, compartiendo una charla y viendo como todo fluye.


lunes, 5 de marzo de 2012


En los tiempos que corren no es necesario morir en batalla para poder acceder a ese lugar sagrado donde los valerosos guerreros pasan sus noches bebiendo y comiendo, junto a todos sus dioses, esperando para ser llamados a prestar sus armas en la batalla final contra los gigantes.

Todo amante de la buena pizza sabe que ese lugar existe y esta a la vuelta de la esquina.

Perdido en una diagonal no muy lejos del bosque, donde los más astutos dicen que el mismísimo Yggdrasil creció allí una vez, se encuentra esta fortaleza del buen comer.

Quien no tengan el ojo astuto quizás seguirán del largo, o quizás al ver su fachada, o su lúgubre interior, lo confunda con la puertas del Helheim y decidan seguir con su camino. Pero el valeroso guerrero sabe lo que le espera tras sus puertas.

Un horno siempre rugiente, caliente como el mismísimo Muspelheim, donde las valquirias de muzarella, deliciosas, robustas y abundantemente sobrecargadas, se preparan para deleitar a los guerreros, acompañados siempre por esa exquisita hidromiel llamada vulgarmente “Moscato Crotta”. Porciones dignas de un festín nórdico, sobrecargadas de colores, sabores y olores que hacen del comer pizza una experiencia única.

Quien allí entre se sorprenderá al ver al mismísimo Thor, tras el mostrador, esgrimiendo orgulloso su Mjolnir, que haciendo tronar a este sobre la mesa convertirá, a la velocidad misma del rayo, a las suculentas valkirias en porciones listas para ser consumidas por el ocasional guerrero (infaltable figura repetida del lugar) que sentado en la barra y brindándole a Odín, se sumerge es sus pensamientos para luego retomar con su marcha, o para ser servidas en las largas mesas de guerreros impacientes por pegarse merecido festín luego de la, a veces, larga espera de las mismas. Otras tantas se preparan, en perfecta formación, aguardando a salir en sus caballos de cartón, donde arribaran a algún festín lejano, al compás de la música de Wagner.

Un lugar recomendado para todo aquel digno guerrero moderno. Un lugar al que toda persona debería pasar y experimentar lo que es estar realmente entre dioses.

Por mi parte, siempre que pueda, allí estaré, disfrutando de un merecido festín y expectante del canto de Gullinkambi, anunciando el Ragnarök y el fin de todo los tiempos.


jueves, 29 de septiembre de 2011



Fui designada para elegir un lugar. Finalmente, consensuamos centro basko.
- y no vasco, como estaría bien tentada a escribir-
Expectativas altas, hambre de moderado a alto.

Una corazonada en la carta: besugo a la baska. Y eso que es de esas cartas que podrían confundir a cualquiera porque rebalsan de opciones, aturden de opciones.
Besugo, pensé, es como Sartre acercándose a besarme con sus labios regordetes y azules, así sería el pez, pensé. Nunca antes comí besugo en mi osada vida gastronómica.
Cuando llegó, yo estaba volviendo e iba acercándome a la mesa y viendo, sí, lo han traído con cabeza. Y lo miré al ojo. E intenté comerlo. Debí taparle el ojo con la mano, para comer con la otra. Pero igualmente se me hacía feo.


El mozo vino a llevarse la cabeza y el espinazo del ser que tenía al plato.
Allí empezó otra lucha, la de las espinas, la del temor a morir ahogada con una de ellas. Si alguna vez rehuí del pescado de niña, la razón no era otra que esa.
Comí con poca pasión. No sé decir si era el plato o el shock pero comí indigestada.
El vino -eran todos mendocinos- tenía el nombre del garca de Roca. No me pareció la gran cosa, pero a pesar de su nombre era amable y el paladar le sabía dar las gracias.
Al final, quise sacarme el sabor animal de la boca, y me pedí el clásico: frutillas a la crema. No es difícil errarle ahí, a lo sumo la crema o las frutillas muy feas, pero todo estuvo bien excepto el apuro de mis acompañantes.
Lo que me dio pena de verdad fue dejar la copa llena de champagne -gratuito-. Estas cosas ya no se ven. Volvería sólo por eso y lo pediría decapitado, así no sufro yo porque él de todos modos ya sufrió.



I izendatu zuten leku bat aukeratzeko. Azkenik, adostutako zentro Bask.
- Eta ez euskaraz, bai tentazioa izango litzateke idatzi-
Goi itxaropenak, handiko moderatua for gose.

Just a gutunean hunch: Bask gorria bisigu. Eta hori duten txartelak inor nahas liteke aukera gainezka, aukera delako stunned bat da.
Bisigua, pentsatu nuen Sartre zure ezpainak plump eta urdina musu to hurbiltzen den heinean, arraina litzateke, pentsatu dut. Inoiz nire aurretik itsasoa ausarta bisigua jaten gastronomia-en bizitza.
Zenean iritsi nintzen eta gidatzeko zen taula hurbiltzen ikusten eta, bai, bere burua ekarri dut. Eta begiratu begiaren dut. Eta jaten saiatu naiz. Bere begi estaltzeko bere esku batekin besteari jan nuen. Baina berdin itsusia nintzela.
Zerbitzaria etorri zen burua hartu zuen eta plater bizkarrezurra behar denean.
Hemen hasi zen beste borroka, arantza, eta horietako bat drowning beldurra. Zara inoiz arrain bada txikitu haur bat bezala, zergatik none baino beste izan zen.
Grina gutxirekin jaten. Ezin dut kontatu zuen shock plaka badu baina ate edo indigestible.
Ardo-Mendoza izan ziren guztiak Rock Garces izena. Ez dirudi aurre handi bat, baina bere izena zen arren errespetatzen eta ahosabaia dastatu eskerrik asko.
Azkenean, off hartu animaliaren ahoan dastatu nahi nuen, klasiko eta marrubiak agindu zuen I kremarekin. Ez da zaila errarle dago, marrubiak onena krema edo oso itsusia da, baina dena zen nire laguntzaile fin de arazorik izan ezik.
Zer sentitzen dut benetan sentitzen zen beira xanpaina-free beteta utzi. Gauza horiek jada ez dira ikusten. Litzateke eskatu eta beheaded, eta ez dut sufritzen dagoeneko jasan zuen, zeren hala ere.

miércoles, 13 de abril de 2011

La picada, me dice la intuición, es un invento argentino. Me da que sí. Es como abundante y a la vez poca cosa. Como pedante. Como agrandada.
No investigué nada. Espero comentarios letrados que me instruyan en historias gastronómicas. A mí me gusta el morfi. Y del morfi vengo y hacia el morfi voy.
Después de hacer el aguante en una hinchada, una espera salir del estadio y automáticamente acceder a un aroma metonímico que nos anticipe un chori. Si eso no sucede, saldremos rápidamente de Avellaneda y aterrizaremos en EL TONEL.
En EL TONEL solo he comido picadas. Dos veces. Ésta era la segunda. Pero la picada era la misma.
Accedimos gracias a las buenas costumbres de mi cuñado que ha hecho de sus rolas gastronómicas un estilo de vida que devuelve favores. La picada tardo poco o la conversación fue buena. El lugar es horrible. Es barroco, pero de un barroco que funciona por acumulación poco criteriosa de cosas bastante inútiles. Eso que una mamá llama adornos.
Su asquerosa presentación tiene una contraparte feliz, o dos. La picada viene en dos tandas y es importante en variedad y cantidad, y el precio es acorde al bolsillo de una persona austera (para no decir semi-pobre).
La picada es para dos. Pero alcanza para tres de buen comer y capaz entra uno bajito o flaquito o recientemente salido de una hepatitis.
Te dan pancito con mayonesita al principio. Te llenas con eso si venís con la cabeza de chori no conseguido. Te dan picada fría, grasas varias, embutidos varios, papas fritas de las de verdad, escabeches de berenjenas y cebollitas en vinagre del tamaño de "canicas". Te dan picada caliente, pero para ese entonces ya estás bastante exquisita porque te llenaste con los embutidos y ahora te sentís embutida en la ropa.
Pero perfecto. Hay buena onda. Lástima que no trae mondongo.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Pensé escribir sobre muchos otros morfis, pero ninguno me dio el impulso gastronómico suficiente como para sacarme unas palabras regordetas.
La Colonial. Lugar tradicional de la ciudad de las calles de adoquines antibicicletas. En ningún otro sitio, creo, sin exagerar, la satisfacción cobra semejante dimensión bizarra.
Digo esa bizarrez encantadora que tienen los lugares que acumulan borrachos, futboleros, olor a fritanga y luz azulada de supermercado chino o carnicería.
Todo lo que está ahí tiene el encanto, tal vez ilusorio, de haber estado por siempre. Su cartel, su gente envejecida, sus tonos azules o verdeagua. Sus papafritas son las cortadas a cuchillo. Todas desparejas, cada una su forma, su personalidad. Las milanesas rebalsan el plato. Todo es monstruoso en términos dimensionales. Y exagerado. Divinamente exagerado.
Es de esos lugares a los que se les ve la trama tan transparente. Son sucios, pero su mugre es rica.
Pedimos mesa afuera y plato del día. Filet de merluza con lo que quieras. Puré, papas al horno, papas fritas, ensalada de tomate, lechuga y cebolla o de zanahoria y huevo. No podrían ser otras.
Ningún plato es identico a otro. No hay reflejos, no hay meticulosidad científica, cocina molecular y la puta que te parió. Dos monstruosos filetes con sabor a exquisita fritanga con papas cortadas en cubos no aptos para obsesivos.
Pero lo mejor (y diría la ginebra que tomaba hace años y que no me atrevo a decir si ahora mi cuerpo la resistiría) lo mejor, son los borrachos de la esquina, cantando en un rock bien sucio, gastado, oxidado say no more:
"a la colonial, nena, vamos a la colonial". Sístematicas veces, repetido hasta hartarte cariñosamente y querer darles un buen golpe de guitarra sobre el cráneo y, sin embargo, resistir a ese impulso y preferir la risa, una risa casi condescendiente con los borrachos que movieron la mesa un poco más cerca de la tuya porque están en momento de necesitar público, o simplemente una mirada que les diga, sigan, en la colonial, nenes, en la colonial.
Esa clase de sujetos que uno tiende a evitar, siempre, porque no sabe cómo tratar, quizá por hipócrita. Hay algo en ellos que molesta y gusta al mismo tiempo, como un calambre que es una hormiga y hasta remotamente un orgasmo.
No hay distancia entre el filete de merluza, la papa despareja y el nido de borrachos. Todo es la misma trama, tan transparente, sucia y exquisita. Barata y entrañable. Sabor letal.
La Colonial - 60 esq. 4

miércoles, 13 de octubre de 2010

Por supuesto que ayer, dadas las densas circunstancias que me acaecieron poco serenamente, decidí llamar al delivery más barato de sushi que encontré en mi heladera: WOK UP. 8 piezas, $17,90. Kanikama. (El de salmón siempre es más caro, porque mi mamá me dijo que el kanikama es como el equivalente a la salchicha pero de pescado, y todos sabemos como están hechas las salchichas).
Llegó. La repartidora era la, y no él. Se quedó con 10 centavos y yo nunca sé: ¿hay que darle propinas a los repartidores? Porque 10 centavos es una miseria, pero igualmente me los cagó.
Abrí. Viene en una cajita como esas que vemos en las pelis, que yo no sé si serán típicas orientales o será un invento de esta parte del mundo, cabeza de empresarios del packaging 2.0. Adentro, para seguir abriendo cosas, una cajita con las piezas -divinas-, dos recipientes: uno para wasabi -condimento picante a base de rábano- y salsa de soja. Un par de palitos.
Me acomodé y entré a ingerir. Cada pieza, antes de entrar a la boca, con un poquito de wasabi incrustado minuciosamente con los palitos en el corazón del círculo. Cada pieza embebida de un lado y del otro en salsa de soja -siempre insuficiente si se cumple con el ritual-.
Y adentro. Me pregunto si evitando este estricto procedimiento, el bocado alcanzaría en mi boca el exquisito estado de gratitud que anoche me daba. Pruebo uno sin nada. Así seco y pegajoso, pastoso, revolviéndose en el paladar, sabe a poco. El wasabi le da pasión, sin duda. Pero ¿cómo distribuir la diminuta bolita verde que viene contenida en el combo-sushi entre las 8 piezas?
Obviamente, es insuficiente. Mismo la salsa de soja.

Sushi de Wok Up: Gusto a poco. Lo barato sale caro. Puro Packaging Divino (para reciclar).
 

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