Llegó. La repartidora era la, y no él. Se quedó con 10 centavos y yo nunca sé: ¿hay que darle propinas a los repartidores? Porque 10 centavos es una miseria, pero igualmente me los cagó.
Abrí. Viene en una cajita como esas que vemos en las pelis, que yo no sé si serán típicas orientales o será un invento de esta parte del mundo, cabeza de empresarios del packaging 2.0. Adentro, para seguir abriendo cosas, una cajita con las piezas -divinas-, dos recipientes: uno para wasabi -condimento picante a base de rábano- y salsa de soja. Un par de palitos.
Me acomodé y entré a ingerir. Cada pieza, antes de entrar a la boca, con un poquito de wasabi incrustado minuciosamente con los palitos en el corazón del círculo. Cada pieza embebida de un lado y del otro en salsa de soja -siempre insuficiente si se cumple con el ritual-.
Y adentro. Me pregunto si evitando este estricto procedimiento, el bocado alcanzaría en mi boca el exquisito estado de gratitud que anoche me daba. Pruebo uno sin nada. Así seco y pegajoso, pastoso, revolviéndose en el paladar, sabe a poco. El wasabi le da pasión, sin duda. Pero ¿cómo distribuir la diminuta bolita verde que viene contenida en el combo-sushi entre las 8 piezas?
Obviamente, es insuficiente. Mismo la salsa de soja.
Sushi de Wok Up: Gusto a poco. Lo barato sale caro. Puro Packaging Divino (para reciclar).