lunes, 8 de noviembre de 2010

Pensé escribir sobre muchos otros morfis, pero ninguno me dio el impulso gastronómico suficiente como para sacarme unas palabras regordetas.
La Colonial. Lugar tradicional de la ciudad de las calles de adoquines antibicicletas. En ningún otro sitio, creo, sin exagerar, la satisfacción cobra semejante dimensión bizarra.
Digo esa bizarrez encantadora que tienen los lugares que acumulan borrachos, futboleros, olor a fritanga y luz azulada de supermercado chino o carnicería.
Todo lo que está ahí tiene el encanto, tal vez ilusorio, de haber estado por siempre. Su cartel, su gente envejecida, sus tonos azules o verdeagua. Sus papafritas son las cortadas a cuchillo. Todas desparejas, cada una su forma, su personalidad. Las milanesas rebalsan el plato. Todo es monstruoso en términos dimensionales. Y exagerado. Divinamente exagerado.
Es de esos lugares a los que se les ve la trama tan transparente. Son sucios, pero su mugre es rica.
Pedimos mesa afuera y plato del día. Filet de merluza con lo que quieras. Puré, papas al horno, papas fritas, ensalada de tomate, lechuga y cebolla o de zanahoria y huevo. No podrían ser otras.
Ningún plato es identico a otro. No hay reflejos, no hay meticulosidad científica, cocina molecular y la puta que te parió. Dos monstruosos filetes con sabor a exquisita fritanga con papas cortadas en cubos no aptos para obsesivos.
Pero lo mejor (y diría la ginebra que tomaba hace años y que no me atrevo a decir si ahora mi cuerpo la resistiría) lo mejor, son los borrachos de la esquina, cantando en un rock bien sucio, gastado, oxidado say no more:
"a la colonial, nena, vamos a la colonial". Sístematicas veces, repetido hasta hartarte cariñosamente y querer darles un buen golpe de guitarra sobre el cráneo y, sin embargo, resistir a ese impulso y preferir la risa, una risa casi condescendiente con los borrachos que movieron la mesa un poco más cerca de la tuya porque están en momento de necesitar público, o simplemente una mirada que les diga, sigan, en la colonial, nenes, en la colonial.
Esa clase de sujetos que uno tiende a evitar, siempre, porque no sabe cómo tratar, quizá por hipócrita. Hay algo en ellos que molesta y gusta al mismo tiempo, como un calambre que es una hormiga y hasta remotamente un orgasmo.
No hay distancia entre el filete de merluza, la papa despareja y el nido de borrachos. Todo es la misma trama, tan transparente, sucia y exquisita. Barata y entrañable. Sabor letal.
La Colonial - 60 esq. 4

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