miércoles, 13 de abril de 2011

La picada, me dice la intuición, es un invento argentino. Me da que sí. Es como abundante y a la vez poca cosa. Como pedante. Como agrandada.
No investigué nada. Espero comentarios letrados que me instruyan en historias gastronómicas. A mí me gusta el morfi. Y del morfi vengo y hacia el morfi voy.
Después de hacer el aguante en una hinchada, una espera salir del estadio y automáticamente acceder a un aroma metonímico que nos anticipe un chori. Si eso no sucede, saldremos rápidamente de Avellaneda y aterrizaremos en EL TONEL.
En EL TONEL solo he comido picadas. Dos veces. Ésta era la segunda. Pero la picada era la misma.
Accedimos gracias a las buenas costumbres de mi cuñado que ha hecho de sus rolas gastronómicas un estilo de vida que devuelve favores. La picada tardo poco o la conversación fue buena. El lugar es horrible. Es barroco, pero de un barroco que funciona por acumulación poco criteriosa de cosas bastante inútiles. Eso que una mamá llama adornos.
Su asquerosa presentación tiene una contraparte feliz, o dos. La picada viene en dos tandas y es importante en variedad y cantidad, y el precio es acorde al bolsillo de una persona austera (para no decir semi-pobre).
La picada es para dos. Pero alcanza para tres de buen comer y capaz entra uno bajito o flaquito o recientemente salido de una hepatitis.
Te dan pancito con mayonesita al principio. Te llenas con eso si venís con la cabeza de chori no conseguido. Te dan picada fría, grasas varias, embutidos varios, papas fritas de las de verdad, escabeches de berenjenas y cebollitas en vinagre del tamaño de "canicas". Te dan picada caliente, pero para ese entonces ya estás bastante exquisita porque te llenaste con los embutidos y ahora te sentís embutida en la ropa.
Pero perfecto. Hay buena onda. Lástima que no trae mondongo.
 

Copyright 2010 Chochos con el morfi.

Theme by WordpressCenter.com.
Blogger Template by Beta Templates.